Ministerio de música Católica CANTARES 2.12

"Señor Mio y Dios Mío" II Domingo de Pascua In Albis de la Octava, ALELUYA RESUCITO

Escrito por cantares2-12 30-03-2008 en General. Comentarios (0)
Pascua 2008
II Domingo de Pascua, In Albis de la Octava de Pascua
ALELUYA ALELUYA CRISTO HA RESUCITADO

Tú también te llamas Tomás
Juan 20, 19-31. Pascua. Con la fe, nuestra vida será inmensamente dichosa, serena, sencilla y feliz. ¡Con Cristo resucitado!
 
Tú también te llamas Tomás
Juan 20, 19-31


Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estandocerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde seencontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y lesdijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y elcostado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijootra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo osenvío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el EspírituSanto. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; aquienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de losDoce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Losotros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él lescontestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto midedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, nocreeré». Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro yTomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertascerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acercaaquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, yno seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Diosmío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los queno han visto y han creído». Jesús realizó en presencia de losdiscípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro.Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijode Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.


Reflexión:


Hace tiempo tuve la oportunidad de asistir, en Roma, a unaexposición de la obra pictórica de Caravaggio. Y de entre todos loscuadros, verdaderamente geniales, recuerdo uno que me llamó mucho laatención: la profesión de fe del apóstol Tomás ante Cristo resucitado.Nuestro Señor, vuelto a la vida después del Viernes Santo, se apareceen el Cenáculo a sus discípulos, con los signos evidentes de lacrucifixión en sus manos y en sus pies. Y en esta pintura, Jesúsresucitado muestra a Tomás su costado abierto por la lanza del soldado,invitándolo a meter su mano en el pecho traspasado. El apóstol,totalmente fuera de sí, acerca su dedo y su mirada confundida paracontemplar de cerca las señales de la pasión de su Maestro y comprobar,de esta manera, la veracidad de su resurrección.

Personalmente, cuando yo leo el Evangelio de este domingo, meparece excesiva y empedernida la incredulidad de Tomás: “Si no veo ensus manos la señal de los clavos –dice—, ni no meto el dedo en elagujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no creeré”.¡Demasiadas condiciones y exigencias para dar el paso de la fe!

Y, sin embargo, nuestro Señor, con su infinita bondad ycomprensión, como siempre, condesciende con su apóstol incrédulo. Él noestaba obligado a complacer las exigencias y el capricho de su apóstol,pero lo hace para darle más elementos para creer. Le presenta lasmanos, los pies, el costado, y permite incluso que meta su dedo en laherida de su corazón. ¡A ver si así termina de convencerse! Ante laevidencia de los signos y la gran misericordia de su Maestro, Tomásqueda rendido y conquistado, y concluye con una hermosísima profesiónde fe, proclamando la divinidad de Jesús: “¡Señor mío y Dios mío!”.

Esta fe, aunque grandiosa en su profesión, está muy lejos de serperfecta, al haber sido precedida de tantas evidencias. Pero el Señoracepta, igualmente, su acto de fe y aprovecha para felicitar y bendecira todos aquellos que creerían en Él sin haberlo visto.

Nosotros, como Tomás, somos duros, pragmáticos, rebeldes. Tomás esun perfecto representante del hombre de nuestro tiempo. De todos lostiempos. De cada uno de nosotros. ¡Cuántas pruebas exigimos para creer!¡Cuántas resistencias interiores y cuánto empedernimiento antes dedoblegar nuestra cabeza y nuestro corazón ante nuestro Señor! Exigimostener todas las pruebas y evidencias en la mano para dar un paso haciaadelante. Si no, como Tomás, ¡no creemos! Como se dice vulgarmente, “nodamos un paso sin huarache”.

Creemos a nuestros padres porque son nuestros padres y porquesabemos que ellos no nos pueden engañar; creemos al médico en eldiagnóstico de una enfermedad, aun cuando no estamos seguros de queacertará; creemos a los científicos o a los investigadores porque sabenmás que nosotros y respetamos su competencia respectiva, aunque muchasveces se equivocan. Y, sin embargo, nos sentimos con el derecho y ladesfachatez de oponernos a Dios cuando no entendemos por qué Él hacelas cosas de un determinado modo… ¿Verdad que somos ridículos y tontos?

Nosotros nos comportamos muchas veces como el bueno de Tomás. Talvez su incredulidad y escepticismo eran fruto de la crisis tan profundaen la que había caído. ¡En sólo tres días habían ocurrido cosas tantrágicas, tan duras y contradictorias que le habían destrozadototalmente el alma! Su Maestro había sido arrestado, condenado amuerte, maltratado de una manera bestial, colgado de una cruz yasesinado. Y ahora le vienen con que ha resucitado… ¡Demasiado bellopara ser verdad! Seguramente habría pensado que con esas cosas no sejuega y les pide que lo dejen en paz. Había sido tan amarga sudesilusión como para dar crédito a esas noticias que le contaban ahorasus amigos…

A nosotros también nos pasa muchas veces lo mismo. Nos sentimos tandecepcionados, tan golpeados por la vida y tan desilusionados de lascosas como para creer que Cristo ha resucitado y realmente vive ennosotros. Nos parece una utopía, una ilusión fantástica o un sueñodemasiado bonito para que sea verdad. Y, como Tomás, exigimos tambiénnosotros demasiadas pruebas para creer.

Nuestra incredulidad es también fruto de la mentalidadmaterialista, mecanicista y fatuamente cientificista de la educacióntécnica y pragmática del mundo moderno, que se resiste a todo lo que noes empíricamente verificable. Exactamente igual que Tomás.

Pero la fe es, por definición, creer lo que no vemos y dar el libreasentimiento de nuestra mente, de nuestro corazón y de nuestravoluntad, a la palabra de Dios y a las promesas de Cristo, aun sin vernada, confiados sólo en la autoridad de Dios, que nos revela sumisterio de salvación. Esto nos enseña el Catecismo de la IglesiaCatólica. Es lo que aprendimos desde niños. Es lo que nos dice tambiénel capítulo 11 de la carta a los Hebreos. Y, sin embargo, ¡cuánto noscuesta a veces confiar en Cristo sin condiciones!

Pero sólo Cristo resucitado tiene palabras de vida eterna y elpoder de darnos esa vida eterna que nos promete. ¡Porque es Diosverdadero y para Él no hay nada imposible!

Acordémonos, pues, del apóstol Tomás y de la promesa de Cristo:“Dichosos los que crean sin haber visto”. La fe es un don de Dios quetransforma totalmente la existencia y la visión de las cosas.Pidámosle, pues, a nuestro Señor que nos conceda la gracia de serdignos de esa bienaventuranza. Con la fe, nuestra vida seráinmensamente dichosa, serena, sencilla y feliz. ¡Con Cristo resucitado!

Apariciones De Jesús a sus discípulos Sábado de la Octava de Pascua, ALELUYA RESUCITO

Escrito por cantares2-12 29-03-2008 en General. Comentarios (9)
Pascua 2008
Sábado de la Octava de Pascua
ALELUYA ALELUYA, CRISTO HA RESUCITADO

Apariciones de Jesús a sus discípulos
Marcos 16, 9-15. Pascua. Todo tiene razón de existir con la resurrección de Cristo.
 
Apariciones de Jesús a sus discípulos
Apariciones de Jesús a sus discípulos
Marcos 16, 9-15


Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación».


Reflexión


Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. (1 Co, 15,14). Desde la primera generación cristiana la Iglesia se reconoce en esta expresión de San Pablo. El problema que se ha siempre presentado es aquél de cómo interpretar esta verdad central del credo. ¿Quiere decir que ha resucitado verdaderamente, es decir, que vive por siempre en su cuerpo y no solamente como simple manera espiritual?

Es esto lo que afirma la Escritura y la fe de la Iglesia. La resurrección en cuanto tal, es decir, el acto por el cual Dios glorifica a Jesús, es inaccesible y se puede alcanzar sólo por la fe. Por eso es importante que este hecho no huya de la búsqueda histórica. Es inimaginable la primera predicación cristiana, sin la experiencia pascual de los apóstoles que testimonian que Jesús se ha manifestado muchas veces antes de la muerte. Sólo esta verdad da un significado auténtico y trascendental a la propia existencia, la ilumina y la hace vivir con optimismo. La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Todo tiene razón de existir con la resurrección de Cristo y el mismo dolor se transforma.


Jesús se aparece en el lago de Tiberíades, Viernes de la Octava de Pascua,

Escrito por cantares2-12 29-03-2008 en General. Comentarios (2)
Pascua 2008
Viernes de la Octava de Pascua
ALELUYA ALELUYA, CRISTO HA RESUCITADO

Aparición de Jesús en el Tiberiades
Juan 21, 1-14. Pascua. Otra vez Cristo se asoma a nuestras vidas para dejarse ver de quien tiene los ojos con fe.
 
Aparición de Jesús en el Tiberiades
Aparición de Jesús en el Tiberiades
Juan 21, 1-14


En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: «Voy a pescar». Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?» Le contestaron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor», se puso el vestido - pues estaba desnudo - y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos. Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Jesús les dice: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.


Reflexión:


Como la primera vez. Otra vez Cristo se asoma a la rivera de nuestras vidas para dejarse ver de quien tiene los ojos sublimados por la fe. Y sin exigir nada. Sin obligar a nadie. Sólo se deja ver dando.

Pedro había regresado a su antiguo oficio. Quizás así podía asimilar todo lo que había vivido durante esos intensos días de pascua. Le remordería la amargura terrible de la traición. ¿Qué lo diferenciaba de Judas hasta ese momento? Fue a pescar, pues, con otros. Y no obtuvo nada. Como la primera vez en que vio a Cristo junto al mar de su vida.

Ahora nuevamente el Señor se le presenta y no lo conoce. Están todos fatigados y malhumorados. Nadie puede sentir paz cuando no tiene a Cristo dentro. En ese momento el Señor les habla: “¿tenéis peces?” Podrían no haberle hecho caso. Pero optan por una elemental educación. Responden: “¡No!” Ahora el desconocido les señala cómo obtenerlas: “Echad...” Pudieron no haberle hecho caso.

¿Quién era ése para decirles lo que ellos bien sabían hacer? El hecho es que le hacen caso, hacen un acto de fe, como la primera vez en que Pedro en Su Nombre echó las redes. Ahora lo hacían sabiendo que no era momento de peces. Y, ¡cuál fue su sorpresa! Porque quien confía en el Señor no puede no recibir más de lo que espera. Es por eso que Juan lo reconoce: “¡Es el Señor!” Porque han creído al Desconocido y han sido premiados con la fe en Él.

Pedro, que pudo seguir el mismo derrotero de Judas se deja llevar por su corazón, un corazón que añoraba al Señor y su misericordia. Se tira al agua y no espera llegar con la barca. Está ansioso de estar junto al Señor. Ha comprendido en qué consiste ser pecador y dejarse amar por el Señor que lo busca con su perdón. Porque primero ha creído en alguien que no sabía quién era en ese momento. Cuando ve lo que puede su fe, no puede no pedir misericordia del Señor, como la primera vez. Y como Cristo quería peces, es Pedro quien saca las redes, símbolo de las almas del apóstol. Ha sido Cristo el que ha dado los frutos ciertamente, pero ellos han secundado su acción. Pedro le ofrece los peces. Pero antes ya le ha ofrecido su corazón. Por eso tuvo los peces, porque se dejó pescar del Señor.

Jesús se aparece a sus discipulos, Jueves de la Octava de Pascua, ALELUYA RESUCITO

Escrito por cantares2-12 29-03-2008 en General. Comentarios (0)
Pascua 2008
Jueves de la Octava de Pascua
ALELUYA ALELUYA, CRISTO HA RESUCITADO


Aparición de Jesús a los discípulos
Lucas 24, 35-48. Pascua. Jesús trae la paz a nuestras vidas. Su resurrección es causa de gozo y paz.
 
Aparición de Jesús a los discípulos
Aparición de Jesús a los discípulos
Lucas 24, 35-48


En aquel tiempo contaban los discípulos lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero Él les dijo: «¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». Y, diciendo esto, los mostró las manos y los pies. Como ellos no acabasen de creerlo a causa de la alegría y estuviesen asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?» Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos. Después les dijo: «Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: "Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí."» Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, les dijo: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas.


Reflexión:


“LA PAZ CON VOSOTROS”

Jesús trae la paz a nuestras vidas. Su resurrección es causa de gozo y paz espiritual para nuestros corazones afligidos y congojados. Ya no más penas ni tristezas. No podemos seguir con los ojos cerrados. ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos!

Sabemos que quien quiere llegar a Dios debe pasar primero por la cruz y el sacrificio de cada día, pero cómo nos cuesta en el instante mismo cuando la cruz se hace pesada. No somos capaces de sufrir por Cristo, mientras que Él murió por salvarnos.

Ahora vemos el triunfo del Señor que trae la salvación al mundo entero. Ha llegado nuestra hora. Debemos emprender una conversión personal de nuestro corazón hacia Dios.

Somos testigos de Cristo y estamos llamados a la misión de todo cristiano: “Proclamar la Buena Nueva a todas las naciones”.

El Señor, por su muerte, ha abierto a la humanidad las puertas del cielo. Nosotros ya conocemos el camino: es Cristo. Ahora debemos guiar a los demás por la senda de la salvación; Cristo es la resurrección y la vida.

El camino a Emaús, Miercoles de la Octava de Pascua, ALELUYA RESUCITO

Escrito por cantares2-12 29-03-2008 en General. Comentarios (0)
Pascua 2008
Miercoles de la Octava de Pascua
ALELUYA ALELUYA, CRISTO HA RESUCITADO


En el camino de Emaús
Lucas 24, 13-35. Pascua. Dejarnos conquistar por la esperanza que nos ofrece Jesús, y en la Eucaristía llevarlo para siempre.
 
En el camino de Emaús
En el camino de Emaús
Lucas 24, 13-35


Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?» Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?» Él les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían queÉl vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron». Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante.
Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.



Reflexión


El último capítulo del “Evangelio de la misericordia” nos narra un acontecimiento que se ha repetido en prosa y en cantos, que ha inspirado a las obras de arte más conocidas, que ha suscitado conversiones e inspirado a los cristianos en el camino a la santidad.

Comienza con dos discípulos desencantados, que están abandonando la causa por la cual, tres años antes, habían dejado todo. Pero ahora, después de tres días de esperar al Maestro en el que habían creído, se habían convencido de su tontería, y partían para tratar de reconstruir las vidas que habían dejado atrás. En un fin de semana se les había escapado el único ideal que había llenado sus corazones jóvenes.

En su camino se les aparece Cristo, pero aunque lo veían, algo les impedía reconocerle. Aquí nos tenemos que preguntar, ¿por qué? ¿Por qué no reconocen su rostro después de haberlo seguido por tres años? ¿Por qué no reconocen su voz después de haber dejado todo el día que escucharon su llamada? ¿Por qué no reconocen sus palabras después de haberlo oído predicar?

Tal vez es porque, como ellos mismos admiten, Él ha desilusionado las esperanzas que tenían, de que Él fuera el libertador de la nación de Israel. El obstáculo no es que no tengan a Jesús al lado, caminando con ellos, es que ellos esperan ver a alguien diferente. Así nunca verán a Jesús, por más claro que se les aparezca. ¡La esperanza que ellos habían tenido, pequeña y a su medida, no les deja aceptar la gloria y el gozo de la resurrección!

Pero Jesús no los deja alejarse. Quiere conquistárselos para siempre. Hace la finta de seguir adelante para que lo inviten a cenar. Y ahí, en la intimidad de un pequeño cuarto, se les revela al entregarse en la Eucaristía. Eufóricos, corren hasta Jerusalén bajo la luz de las estrellas. ¡Ha resucitado, y vive con ellos para siempre! Se dejaron conquistar por la esperanza que les ofrece Jesús, y en la Eucaristía lo llevan consigo para siempre.